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Mitos y Leyendas
GALICIA
Cuando el tiempo se detuvo (el abad de Armenteira) - 2ª parte
Y casi medio siglo más se empleó en la fábrica de tan espléndida maravilla, ya que concluyeron en 1212. Compruébese, in situ, gozando además de la paz del ambiente y la maravilla de ese recio románico, dicen los entendidos que con influencias mozárabes al modo toledano, en el pilar y la archivolta del espléndido pórtico, rematado, a modo de coronación, por el más bello rosetón pétreo que conoce la cristiandad por estos pagos y aún por otros muchos y lejanos.
Monasterio de Armenteira
Agotó el caballero abad sus riquezas, con ser muchas, en tan inmensa fábrica. Desmocharon los canteros más de una orgullosa cumbre granítica de los alrededores, para tallar sillares que fueran dando cuerpo a la traza arquitectónica, la cual debería llevar, adosada, edificio para la comunidad, con amplia cocina donde guisar la parca colación que exigía la regla y la más abundante que se distribuía entre caminantes y menesterosos, tantos en tiempos de penurias y peregrinaciones hacia la tumba del Apóstol de la inefable sonrisa.
El rey Alfonso, sabidor de la tarea de su antiguo mayordomo, lo favoreció con donaciones generosas, en privilegio otorgado en Carrión allá por 1155. Seguía a damas y caballeros desprendidos, como Diego Obéquiz, que donó a Ero la heredad de Gondes; los señores de Lobeira, Munia Aloite, el matrimonio integrado por Froilo Méndez y Germana Ordóñez. Y precedía al monarca Fernando II de León, quien no quiso ser menos que su primo el Emperador, y dio un buen empujón a las obras, cuando ya se llevaban siete años de constante labrar de rocas.
El abad Ero veía crecer su empeño, estructurada la planta de tres naves, insinuado el cimborrio, a medias el triple ápside, enorme el atrio para las procesiones litúrgicas en esos días mayores del marianismo que son el 15 de agosto y el 8 de septiembre, aunque por entonces, era otro el recuento de los días y ni sueño era el ajuste de los transcurridos por un Papa Gregorio de feliz memoria.
San Ero, en el interior del templo románico de
Armenteira
Satisfecho con la prosperante realidad que había auspiciado, Ero decidió airear sus preocupaciones en los bosques inmediatos. Caminó veredas conocidas, deambuló entre los carballos de la fraga de sus correrías infantiles y junto a un manantial que brotaba en la breña se sentó a descansar.
De pronto, el aire se pobló de los trinos de un pájaro. Ero recorrió con la mirada los verdes de la fronda, tratando de identificar el ave que así le sorprendía. No consiguieron los ojos lo que sus oídos casi precisaron. En un determinado punto, en la enramada, debía estar la criatura minúscula de tan bella voz.